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El personaje este y la justicia de bar

Eran cerca de las ocho de la mañana, yo estrenaba resaca de lunes. Me dirigía al Sorocabana por un café. Mis ojeras y mis ojos entreabiertos daban a entender que no seria un buen día. En esas épocas trabajaba en una verdulería que detestaba, cuyo dueño era un viejo adinerado que detestaba aun mas.
No faltaban más de 20 metros para llegar al bar, donde me esperaba el elixir para la resurrección, cuando de la nada misma apareció un perro negro, del tamaño de un pony. El jodido animal no paraba de jadear, gruñir ladrar y demás alharacas para impartir miedo. No a mí. Yo he sido golpeado por gorilas de bar que pesaban cómodamente dos veces lo que este animal, pero por las dudas estudie el escenario. Junto a un tacho de basura había unas maderas que bien podrían ser utilizadas para investigarle el interior y librarme de esta bestia molesta. Lo mire, el bicho seguía ladrando, pero seguí hasta la mesa de afuera. Esa en la que nunca había dejado propinas para el mozo, que siempre preguntaba ¿como esta amigo? Jamás le respondí, porque no éramos amigos y porque con ver mi cara uno podía darse por enterado de mi estado.
Cuando faltaban 5 metros para llegar a mi sitio, un viejo patán que llevaba colgando del brazo a una veinte añera ocupo mi lugar.
Ni bien me senté, lo más cerca posible de mi mesa, el jodido viejo comenzó a gritar exigiendo la presencia del mozo. Ya llevaba dos malos pasos, en un camino muy corto y estrecho, el de mi humor un lunes de resaca.
Champán mozo, champán! no paraba de gritar.
Faltaba poco para mi cambio de humor, que normalmente iba de malo a pésimo.
Se acerca el mozo, al arrimarse a la mesa, me mira, me reconoce y se me acerca primero. Ordeno lo mió, al tiempo que el viejo con un look a lo Moyano vocifera: ¡Que, en este bar son sordos o pelotudos!
Cada grito es una puntada en mi cabeza, eso me detiene de levantarme a ajusticiarlo. El mozo, con una mirada que no hace más que pedir perdón, se aleja de mi mesa para irse a la contigua. Demora 20 minutos en explicar que ese bar no se sirve champagne, y menos a esa hora.
Yo debía estar en la verdulería a las 9 de la mañana, que era la hora a la que llegaban los proveedores, cosa que nunca pasaría, debido a mi vecino de silla, que no paraba de quejarse. La jovencita permanecía inmóvil, y de vez en cuando me convidaba una mirada.
No tenia largas piernas, ni un culo que hacia temblar de emoción a las sillas, pero que tetas. Tenia unos senos que desbordaban del vestido rojo que la contenía, y hacían que cada mirada valiera el doble. Yo no estaba ni para fantasear, no servia ni para despojo humano.
Pasaron 40 minutos desde que me senté, se acerca la bandeja, que era lo que importaba. Llevaba dos cafés, un cortado en jarrito y tres medialunas.
El primero de los cafés fue para mí.
El cuarentón se enojo nuevamente, quería ser atendido antes que nadie. Yo lo único que quería era alejarme, por lo menos hasta ese momento.
Mi silla estaba enfrentada a la calle, mirando hacia el banco que esta cruzando la calle Buenos Aires, de modo que cuando no soportaba mas al factor insoportable de esta pareja, giraba sobre la silla y me ponía a ver las palomas en la plaza.
La chica pidió amablemente al señor que sacase la mano, el señor largo una risa socarrona. A mí me quedaba poco más de medio café, empezaba a ser yo nuevamente. Busque en mis bolsillos la etiqueta de cigarros, quedaban dos, que estaban tan doblados que parecían una obra de Dalí. Busque el encendedor, pero no lo encontré. La gente tiene la maña de hacerse de mis encendedores, y yo la de no darme cuenta de que son míos.
El mozo estaba demasiado lejos como para venir, no me quedaba otra que pedir fuego a la concurrencia, que no eran más que estos dos.
La niña busco en su bolso, que era apenas unos centímetros más grandes que mi bolsillo, en el que no me entraba la mano. Se inclino, y me lanzo una llamarada a centímetros de la cara. Encendí el puto cigarro y ella se alejo sin quitarme la mirada.
El viejo se molesto. ¿Te gusta el señor, pendeja puta? decía en un tono de voz elevado. La jovencita miraba a la mesa y no emitía sonido alguno.
Yo entre pitada y pitada, y con el café puesto, resucitaba cada vez más; y la sangre me hervía.
Llamo al mozo y pido la cuenta. El mozo se aleja. El tipo sigue gritando.
El problema con este tipo de personas, es que creen que por tener dinero, autos y pendejas, creen que las manos duelen menos. Y hasta donde yo se, a no ser que estén literalmente forrados en dinero, no es así.
El tipo se calla la boca y la niña levanta la cabeza. Volvió la calma, y con ella el mozo y mi cuenta.
Termino mi cigarro y me levanto para irme. A los pocos pasos, escucho gritos nuevamente, pero eran de mujer. Tracciono la mandíbula e intento mantenerme alejado de los problemas, camino un poco mas.
Cuando llego al lugar a donde estaba el perro, escucho gritos nuevamente. Giro y me doy con que el tipo tenía a la chica del vestido rojo tomada por la nuca, y le estaba metiendo a la fuerza una medialuna en la boca. La chica gritaba y hacia arcadas, el tipo reía.
Mire para todos lados, nadie hacia nada, solo miraban y seguían caminando. Gire para ver si no habría algún policía cerca, pero nada. Mejor para mí.
Tome la madera, que en un principio había medido para golpear al perro y me acerque. El mal nacido no cesaba, la chica a estas alturas vomitaba.
Llegue a la mesa, mire al tipo a los ojos, pero no pasaba nada, con una sonrisa burlona me desafió, no te conviene meterte en esto pibe, seguí caminando. Yo estaba muy lejos de eso, primero porque ya era tarde para ir a mi trabajo de mierda, y segundo porque la jovencita estaba que no entraba en el vestido, y el tipo la estaba arruinando en mis reacuerdos.
Agarre la mano del sujeto, que con sus propios anillos consigue hacerse sangrar, y los dorados comenzaron a transformarse en bordó. Hay que joderse con estos tipos de aspecto sindicalista y todos sus anillos, ¿para que los tienen si son tan molestos?
Soltó a la chica. Ahora el que reía era yo, pero el tipo todavía ni suplicaba ni paraba de decirme en el enredo que me estaba metiendo. Yo respondí que había salido de bretes peores, que mi mama era italiana de las que criaban a los golpes.
El tipo soltó las medialunas y esbozo un golpe, pero no fue mas que un intento. Comencé a sentirme vivo, no mas resaca ni puntadas en la cabeza. La sinfonía de los gritos me place. Entendí que la madera era demasiado, así que la deje caer al lado de la mesa.
Ahora con una mano libre, y la otra a medio ocupar, me dispuse a divertirme.
Levanté el brazo, al punto de que el imbecil viera como cerraba el puño. Sus ojos cambiaron, la expresión de su cara cambio. Yo ya había olvidado a la chica.
Baje con violencia el puño, apuntándole a la boca. A esos dientes postizos agarrados con alambras dorados, pero no le pegue. Frene el puño a escasos centímetros de la nariz, y la agarre. De a milímetros fui girando la mano, pude sentir como se iba desordenando por dentro, al tiempo que brotaba el relleno de su interior. Más gritos.
Los mozos estaban congelados mirando desde el interior, sabían que el tipo lo merecía, y deseaban ser ellos los que le propinaban la paliza.
Con la mano y cara ensangrentadas, dio dos pasos hacia atrás, quedando cerca de la vidriera. Los mozos agitaban los brazos, pidiendo que no destrozara el local.
Tome al tipo por la campera. Era un cuero de muy buena calidad, pero no me gusta el marrón, así que se la deje, por lo menos por el momento.
A modo de broma, amague con tirarlo contra el vidrio, que media poco mas que yo de alto, y cuando los mozos se tomaron la cabeza con ambas manos, cambie el rumbo y revolqué al tipo por la calle. Ya estaba en el piso, así que después de propinarle unas tímidas patadas en el rostro me aleje, dirigiéndome hacia la chica. Después de las preguntas y comentarios de rutina, y aparentemente de modo desubicado, anote mi dirección en una servilleta e invita a la joven a pasar por mi casa y cocinarme algo.
Debo haber llegado al trabajo cerca de las 11 de la mañana. En mi lugar encontré a un muchacho flaquito, con más barba que carne, con mi delantal puesto. Mi presencia lo incomodo, así que tome un calabacín, por las dudas la chica fuera a casa a cocinar, y me largue.
A las 2 de la mañana me di por vencido, tire el calabacín a la basura y destape la única ginebra que me quedaba.
Al día siguiente me encontré en el bar, la chica nunca se presento. Los mafiosos nunca me buscaron, pero por lo menos tome café gratis un día, y los mozos me tenían como héroe.
Debería haberme quedado con la campera, podría haberla teñido.

De siestas y obsesiones (las siestas de Rusty)

Eran las ocho de la noche, hacia un par de horas que dormía, o por lo menos lo intentaba.
Los niños se aburrían en un domingo gris, y eso era un problema que compartíamos. No es que yo durmiera por aburrimiento, sino que me molestaban los niños, más aun en estado de aburrimiento.
Gritaban, no recuerdo que, pero gritaban. Yo intentaba por todos los medios seguir con lo mío.
Estaba boca abajo cuando el recorrido de la pelota los trajo al pie de mi ventana. Con los primeros gritos intente ser comprensivo, gire sobre mi hombro derecho y me tape la cabeza con la almohada. Nada podía hacerse, los jodidos niños gritaban cada vez peor.
Adicione un almohadón a la pila que cubría mi cabeza para amortiguar el sonido, pero de nada servia.
Gritaban con placer, discutían entre ellos y gritaban a los perros.
Finalmente el balón reboto contra un árbol, y vino a caer a centímetros de mi ventana. Los niños, que mas que niños eran pre adolescentes, se acercaron, nuevamente vociferando. No pude soportarlo, me levante envuelto en un velo de furia.
Al asomarme a la ventana, me encontré que el mayor de los perros se había comido la pelota. Era un perro grande, de unos 60 kilos, y una mandíbula que era por lo menos extensa.
Uno de mis problemas estaba resuelto, pensé, pero no sabia cuanto me equivocaba.
Con la partida del esférico, el aburrimiento de los púberes crecería exponencialmente, y allí empezaría lo peor para ellos. Yo daría fin a mi aburrimiento, que era lo único que tenia, al ver abortada mi preciada siesta.
Eran tres, una niña y tres niños. La niña, mayor que los otros dos, siendo cauta, les recomendó que no cruzaran. Ellos rieron y hasta se mofaron de la niña. Gran error.
El perro era tranquilo, y estaba acostumbrado al trato, o maltrato, ocasionado por los niños. Ambos insultaban y maldecían al animal, al tiempo que uno de ellos le pateaba la cabeza. El perro no soltaba la pelota.
Ese hocico de ese perro era una maldita maquina de destruir. El pelaje gris plomo del animal contrastaba con el naranja de los restos de pelota y la baba blanca que brotaba en burbujas que se destruían al llegar el siguiente brote de babas. Por la mirada del can podía notarse que estaba aguantando la furia. Lo note en un segundo.
Di un brinco a través de la ventana, aterrizando justo a espaldas de los invasores, que ni bien notaron mi presencia echaron a gritar, insultar maldecir y lanzar quejas sobre su juguete devorado por el perro. Enderece mi espalda, comencé a respirar lentamente y a pensar en cosas agradables, pero ya era tarde, estaba furioso y quería violencia.
Contendiéndome, me disculpe por lo acontecido y pedí a los intrusos que se retiraran, no lo hicieron. Mi sangre se acercaba cada vez a su punto de ebullición, y por un momento, quise evitarlo.
Uno de los niños, con esos piecitos que están creciendo, pero todavía no son de hombre, y tienen un filo particular, me refirió una patada a la canilla. Cerré los ojos, no quería hacerlo. Tres segundos después, cuando me propuse abrir los ojos, el otro niño, encorajinado por el otro, me golpeo en los genitales con su manito. Me cago en la buena apuntaría del mocoso, me dio justo en el órgano, y no me contuve mas.
El niño que me había propinado la patada reía a carcajadas cuando se encontró con mi borrego invadiendo su cara y parte de su pecho. A raíz de esa patada reculo por lo menos un metro y medio, aterrizando a centímetros del hocico de Hades, el perro. El animal me miro como pidiendo permiso, antes de soltar la pelota, y esos ojos, que estaban casi tapados de piel, se dejaron ver. Hay que joderse con esos bichos, que tan tontos parecen. Lo agarro por el cuello, el niño casi ni se movía hasta que empezó a sacudirlo, y la sangre pulverizada se dejo notar en el aire, dibujando formas extrañas al alcanzar el suelo. El animal se regocijaba, de algún extraño modo me hizo sentir liberado, así que me puse manos a la obra. El niño que quedaba no paraba de insultar. Era tarde para todo.
Lo tome del cuello, levantándolo hasta la altura de mi cabeza, me recordó a una pelea en un bar, en la que mi oponente también carecía de altura, y también se llevo la peor parte de la pelea.
A medida que aumentaba la presión de mi mano en su cuello, disminuía el volumen de los insultos. Las venas en mi brazo se hincharon, sus ojos comenzaron a lagrimear. Lo solté dejándolo caer al suelo, tardo un rato, pero se reincorporo. Lo iba a dejar ir, pero el mal nacido no aprendía. Al levantarse me miro fijo a los ojos y me grito: ¡Marica! ¡A los niños no se les pega!
Premisa que demostré falsa con el único esfuerzo de un puño en su boca.
Cuatro dientes menos, pero había aprendido algo sobre la verdad de las cosas. Sangraba como vaca en el matadero. Lloraba, ya no insultaba; yo había dejado de escuchar hacia rato. Después de trabajar un rato en su cara, pensé que lo dejaría ir, ya no me divertía, y sangraba demasiado para tener ese tamaño.
Le metí una patada en el culo, a modo de despedida, pero justo cuando le faltaban metros, Hades comenzó a correr para interceptarlo. Según mis cálculos, el perro ha de haber pesado 20 kilos más que el muchacho. Cuando se toparon, fue evidente la diferencia. Lo tomo por las costillas, sacudiéndolo de un lado a otro, el niño gritaba mas que al comienzo de todo el problema, el perro lo disfrutaba, brotaba sangre de la mordida del perro, que mientras lo sacudía, hacia que la cabeza de la pequeña basura golpease con la verja, con los fluidos del otro niño, el otrora gris can, se había transformado en un bordo casi marrón. Me senté en la reposera que hay en la galería a ver el final de este espectáculo, mientras manoteaba una cerveza de la conservadora. Finalmente termine mi cerveza y me dormí, disfrutando de este barrio, que tan tranquilo es por las siestas.



P.LoZ

Mi llave y yo.

Todos somos heroes, tambien villanos.
Todos somos victimas, hasta que decidimos ser victimarios.
La vida nos va empujando hacia rincones cada vez mas oscuros.


Segun mis calculos, eran cuatro, pero solo tres de ellos intentaron y logragron entrar a mi morada.
Para entrar a la casa de alguien, en especial a la mia, no hay que tener cojones. Despertarme en medio de la madrugada e intentar manosear a mis mujeres, eso si es tener cojones.
Lo primero que hicieron, ademas de romper el tragaluz del baño, fue tumbar todos los shampoos que algunas mujeres dejan aqui. Eso me desperto, pero intento volver a dormir. El tercer hombre tropezo con el borde de la bañadera, a estas alturas no solo estoy despierto, sino que me estoy encabronando.
Empieza el show.
La ultima habitacion de la casa, es la que utilizo para guardar herramientas, alli voy. Mientras los tres idiotas no paran de gritar que esto es un asalto, en la habitacion contigua.
Molly y Sally se llevan el susto de sus vidas, ambas estan muy buenas.
Molly venia de cuando en cuando a casa, se quedaba unos dias, cocinaba, teniamos sexo y me contaba las estupideces que cuentan las mujeres que estan buenas. Un dia, asi como habia llegado, se iba. Estaba bien.
Escucho que uno de los malhechores se pone cachondo al verlas en camison. Tendremos problemas.
Yo en el cuarto de las herramientas, buscando la adecuada.
Finalmente encuentro una llave inglesa de 40 cm, de la epoca en que manejaba el camion. Con un demonio, que epocas aquellas.
Era la adecuada. Alla voy.
Uno de los cabrones tenia a Sally por el cuello, mientras los otros dos estaban con Molly en el piso, intentando hacerle cosas.
Bajo la mirada hacia mi mano derecha. Agarro con fuerza la llave y levanto la mirada.
Los imbeciles del piso, para manosear a mi "amiga", dejan sus armas a un costado, mientras que el tercero se menea diciendole groserias a Sally al oido.
En el momento en que el que queda parado se pone enfrentado a una pared, salto desde la puerta hacia el medio de la habitacion. La llave y yo.
Uno de los del piso, se entretenia con las tetas de Molly. Estaba muy equivocado.
Le aterrice la llave justo entre la boca y la pera. El cabron casi queda parado del impulso que le imprimí. No creo que se levante. Queda sentado de culo, con la cara convertida en relleno de morcilla. Luego lo seguire moldeando a mi gusto. Tengo otros dos para divertirme por ahora.
Las chicas no paran de gritar y patalear. Nadie entiende nada.
Con la pierna izquierda pateo las armas que estaban en el piso.
A pesar de ser un enamorado de mi Colt Python .357, creo que las armas son para idiotas. El arte esta en otro tipo de violencia, y estas le quitan brillo.
El segundo que quedaba en el piso me mira, titubea. Error.
Con la pierna derecha le doy justo en la nuez. Me divierte ver la reaccion.
Despues de senda patada en la garganta, no hace mas que tirarse para atras, y tomarse con ambas manos, tociendo como una comadreja enojada.
Me regocijo por dentro. La experiencia en peleas no se adquiere leyendo, son años de peleas de bares y parajes de camioneros.
Solo queda uno, y siento ansias de volver a usar la llave.
Las chicas gritan, un tipo toce y el otro sangra.
Si hay algo que no les va a los ladrones, es la sicologia. No te conviene hacer nada, me dice el estupido que sostiene a Sally.
Vamos a hacerlo de un buen modo, le digo con una sonrisa. Le sugiero que deje ir a la chica, pero el cabron parece no querer escuchar.
Es lo mejor para todos, digo mientras doy un paso cortito.
Sally es una chica mas bien pequeña, y la cabeza del tipo queda justo sobre la de ella. Lo mido, reflexiono y escojo mi movida.
Mantengo el dialogo, para que siga distraido.
Otro paso corto, y ahi vamos.
En el momento en que baja el arma de la cabeza de la chica cargo con la llave en su frente. Cae como bolsa de yeso. Ella, salpicada por todos lados, no hace mas que gritar.
Vayan a otra habitacion les digo a las mujeres, que habian venido a visitarme por diversion y se habian llevado esta mala impresion. Los malditos se iban a arrepentir de la idea que tenian mis huespedes.
Una vez que las chicas se fueron, cerre la puerta y empece con mi arte. El unico que se encontraba conciente, era el que parecia comadreja, asi que solo repase el golpe que le habia dado. El iba a ser el ultimo en sufrirme, pero mientras tanto, seria publico.
Al que le habia dado en la frente, sin moverlo, comence a patearlo en las costillas. Solo de un lado, no queria dejarle ni una sana. Era el unico souvenir que se llevarian de esta casa.
Luego me tome el trabajo de cerrarle ambas manos y dejarlas apoyadas en el piso, para despues caerles con todo mi peso. Ya no podras coger un arma asi de simple, murmure alejandome.
El segundo tipo a intervenir era el que sagraba por la boca y la pera. A ese me tome el trabajo de quebrarle todos los dientes, nuevamente con la llave. Las tetas de Molly fueron las ultimas que chuparia en su vida. Para cuando termine, ni mejillas le quedaban al cabron.
Solo me quedaba el de la toz.
Aprovechando que este no estaba inconciente, y no podia gritar, empece a trabajarlo de los pies hacia arriba.
La llave inglesa ya estaba cubierta de este chocolate viscozo que le sale a la gente cuando me causa mala impresion, asi que la frote en su remera, mientras le sonreia, bien cerca de su cara. Limpie la llave de ambos lados, y la tome de la parte que tiene para ajustar. Al tipo parecian hundirsele los ojos, y agitaba la cabeza para los lados.
Las manchas de sagre dejadas por su compañero en mi pared, parecian mariposas. Eso me divertia, despertaba mi creatividad.
Arraque con sus canillas. Ese es un dolor inolvidable; Como yo. Le dije mientras levantaba la herramienta. Se la aterrice a unos 15 centimetros de la rodilla. El tipo se retorcio como una lombriz.
Para cuando termine con el, le dolia tanto todo, que ya no se retorcia, no podia ni hablar ni caminar. A duras penas podia ver.
Me saque la musculosa, me limpie como pude las manos y sali de la habitacion.
Las mujeres todavia moqueaban. Estaba histericas.
No lo recomiendo, dije, pero si las hace sentir mejor, pueden entrar en esa habitacion y cerciorarse de que esos tres se alejaran de la vida del crimen.
No sabia si llamar a la policia o a la empresa de recoleccion de residuos, pero por mi bien, llame a los primeros.
Despues de muchas explicaciones, intentos de idas y vueltas a la comisaria y mucho cafe, logre que se vayan y se llevasen con ellos a los tres desafortunados.
Esa noche ambas chicas tuvieron que dormir en mi cama.
Seguimos esperando que el cuarto tipo vuelva, mi llave y yo.

Otro inicio

Ella me rompio el corazon. Yo le rompi la mandibula.
Nuestra relacion, alejada de la botella, no era nada. A cada mañana, lo se o me lo imagino, nos levantabamos y checkeabamos que el que estaba a nuestro lado, sea quien tenia que ser. Fueron meses intensos. Ambos estabamos desempleados, pero habiamos cobrado nuestras respectivas indemnizaciones, asi que el dinero y el alcohol fluian de nuestros bolsillos.
Recuerdo una noche de borrachera, que sali a comprar cigarrillos. Tarde el triple del tiempo que me hubiera tomado hacerlo sobrio. Para cuando llegue a la casa, esperaba encontrarla dormida, pero para mi sorpresa, se encontraba agazapada, con un palo de escoba en las manos,que hizo trizas en mi cabeza, por haberse asustado a causa de los ruidos. Asi era ella. Por momentos se olvidaba totalmente de mi, y eso solia ser bueno.

Siesta Obligada

Decidido a irme, necesitaba una escapada. Tome mi caja de herramientas y parti.
Me gustaba decir que no tenia destino, pero sabia a donde terminaria mi recorrido. Mi auto no llegaria mas lejos, por razones mecanicas.
Parque sarmiento, domingo por la mañana. No espero grandes aventuras, pero tengo la neceidad de crear.
El olor a nafta, el ruido molesto del motor, como si uno estuviera sentado sobre el, son de las peores caracteristicas de mi citroen. Pero sirve.
En pleno ataque de arte, me dispongo a tallar un arbol que, aparentemente, la municipalidad ya no necesitaba.
Me paro a dos pasos del enorme material de que dispongo, lo veo. Intento encontrarle las formas, espero sus sugerencias. Leo sus vetas y me siento listo. Alla voy.
A pesar de que mi esculturas son monotematicas, uno debe saber entender, o leer el tamaño y algunas formas, antes de empezar.
Lo correcto seria mi martillo de carpintero, pero arranco con el mazo de goma.
15 minutos de trabajo y siento una molestia en el hombro. Deberia hacer deporte, o algo. A falta de analgesicos, enciendo un cigarrillo. Le doy la espalda a mi obra en proceso; y los veo.
A pesar del estado de decadencia de mi vista, logro reconocerla. Es ella, no hay duda.
Calmado, me repito por dentro. No hablan, no se miran, no van de la mano. Ha de ser solo un amigo.
NO
Ella se paro frente a el, se puso en puntas de pies, apoyando ambas manos en su pecho. Se besaron. Ni siquiera fue un beso de los apasionados, con lengua y besos en el cuello, pero fue suficiente como para hacerme sentir como se hincha mi cuerpo de ira.
Me siento crecer, y solo hasta llegar alla, siento lastima por el. Por lo que le voy a hacer, aunque me supere en masa.
Ya estoy demasiado cerca. Apestan a vodka con speed y fernet. Pelear contra borrachos duele menos, son mas blanditos.
¡Que bonito, son un amor! digo sin sacarle la vista de las manos al grandote.
Con cierto pesar, gira la cabeza hasta que sus ojos quedan directamente conectados con los mios. Ella baja la vista, piensa y no dice.
Te conviene correr, le digo. Tan seguro de mi mismo, como Jhon Mc Lane.
Mis ilusiones se rompen al mismo ritmo que mi nariz, al recibir el primer impacto del coloso.
Yo, hasta ahora, suponia que lo de la espalda y los brazos era solo una cosa estetica. Me lamento. Me lamento muchisimo mientras el coloso hace que la corriente de sangre que baja por mi pera se lleve las fracciones de los dientes que previamente se encargo de romper.
Demonios, yo creia que iba a estar blandito.
Es mi turno, pienso dandome coraje.
Lo desmiente con la facilidad de un puño.
Me gustaria reirme, pero no tengo tiempo para semejantes usos.
despues de recular tres pasos, levanto la cabeza. Aun creo que le voy a dar una paliza, pero me conformaria con que no me mate en el intento.
Alla voy. Planeo patearlo hasta quedar paralitico
Dos patadas al pecho y apenas se mueve. Yo no paro de sangrar y me siento frustrado.
Levanta el brazo derecho, promete mucho mas dolor. Lo pateo en la entrepierna y retrocedo. Me salve del mazaso, pero no por mucho.
Decidido a seguir pateandolo, lo encaro. Me encuentro con la desgracia de su mano izquierda en mi menton. Caigo al suelo, no creo que me valla a levantar.
Estoy muy agitado, y la sangre en mi nariz produce burbujas al exhalar. Crei que se iria, pero no. Se queda a divertirse conmigo un rato mas.
Despues de dos patadas en las costillas, logro acostarme sobre mi costado, de modo que, por lo menos, me golpee en otro lado.
Salta. Temo por mi vida. Si este oso me aterriza encima, esta seria mi ultima historia.
Otra vez, me equivoque. Si bien es cierto que salto, fue erroneo pensar que aterrizaria sobre mi. Lo unico que buscaba era una mejor ubicacion. se para frente a mi cara, pronuncia unas palabras que no alcanzo a entender, y levanta la pierna. Por el amor de Alá. Esto va a doler.
El clasico zapato nautico de rugbier me aterrizo justo en la boca, eso es lo ultimo que recuerdo.
Me despierto 4 horas mas tarde. Sigo en el mismo lugar, tuve tiempo suficiente como para leudar mis dolores, que a estas alturas, ocupan el total de mi cuerpo.
Noto que ademas de no tener tabique, he sido despojado tambien del contenido de mis bolsillos y mi calzado. No es un buen domingo, supongo que la proxima vez, me quedare a dibujar en casa.

Escenita

¡Con un demonio! otra vez, como si tuviera voluntad propia, el auto se descompone. No voy a malgastar tiempo en intentos sin futuro de arreglos provisorios. Faltan 2 horas para la entrevista. Dejare los otros trabajos para mañana.
Doce cuadras después, espero el colectivo. Parece no venir nunca mas, y el sudor empieza a delatar mi cansancio.
Por fin. Veo asomar a dos cuadras esa trompa roja y blanca.
Viaje de por medio, ya estoy en Maipu; solo me quedan ocho cuadras, cuatro hasta 25 de Mayo, y por esa misma hasta el edificio con la fachada de mármol gris.
Aquí vamos. Doblo a la izquierda, agarro 25 de mayo y empiezo a caminar.
Mi copia barata de los Ray Ban Clipper molesta mas de lo que ataja el ataque del sol. El alquitrán brota entre las baldosas, con la ambición de volver vereda la suela de mis zapatos. Caminar se hace cada vez mas pesado.
Frente a mi, por lo menos a veinte metros, lo veo venir. Me registra con la mirada de arriba a abajo. Algo trama.
15 Metros, sin nervios, sin prisa. Sigo mi paso normal. Veo que esta nervioso, tenso y no me quita la mirada de encima. Dejo de suponerlo. Va a intentar algo.
7 Metros, mete la mano en el bolsillo derecho. Puedo ver en su brazo, como se tensan los tendones, esta apretando, supongo, la herramienta que usara para tratar de impartirme miedo. Pienso si se lo voy a perdonar.
Esbozo una sonrisa, ya casi lo tengo encima. Lo pongo nervioso. Si este chico, que apenas debe superar lo 16 años, me viera vestido regularmente; probablemente no haría esto.
Finalmente me encara.
A menos un metro y medio, saca la mano del bolsillo. Me desilusiona.
Con los ojos muy abiertos me pide que le de todo lo que tengo. Que no es mucho.
Un intento de cuchillo de unos cuatro centímetros, a su pensar, me distancia de la vida y la muerte.
Puedo ver, en su pantalón deportivo, que alguna vez fue azul, como le tiemblan las piernas. No deja de apretar su herramienta, que al mirar detenidamente, logro distinguir que no es mas que una hoja de cierra bien trabajada, que da la impresión de ser peligrosa.
Lo miro fijo, muevo lentamente la cabeza al costado. No le quito la mirada de encima.
No lo voy a perdonar, pero le voy a dejar la capacidad de caminar erguido.
Habla despacio. Supone mi miedo y me habla con violencia. Evidentemente no sabe mucho de violencia.
Corto su monologo, agarrándole la mano que sostiene el arma.
Para que tenga miedo, le digo, deberías tener un cuchillo de mas de cuatro centímetros. Esto no me supone riesgo de muerte.
Aquello que dijo sarmiento, "la letra con sangre entra", va a ser mi herramienta de ecuación hacia este joven.
Soberano rodillazo en la entrepierna, sin soltarle la mano. Presiono con mi mano izquierda, su derecha, hasta sentir el sonido de los dedos replegándose.
Pienso en mi entrevista, tengo que llegar presentable, así que lo abandono, resarciéndose.
Sigo camino. Me faltan unas cuadras y me sobra tiempo. Recuerdo que por esta zona había un negocio de porquerías inútiles, pero a buen precio. Me apasiona la industria china.
En ese bar que tiene los sillones rojos de madera, pero en una mesa de las de afuera, me parece verla. Cuanto mas me acerco, mas lo confirmo, ella esta de espalda ami, pero reconozco su pelo, su ropa; hasta su forma de sentarse.
Por mi modo de vestir, no seria fácil reconocerme. Podría intentar pasar desapercibido, lo pensare con el correr de los metros.
Hablan. El tiene los dos codos sobre la mesa y gesticula. Parece agregarle importancia a lo que dice.
Maquino, me enrosco y enredo en pensamientos. Freno en una vidriera cercana a la mesa. Ella sigue de espaldas ami.
Por mi bien, tengo que irrumpir en la situación. Allá vamos.
Me doy vuelta, y desde este momento empiezo a contenerme. Siento como se me contrae el estomago, fluye violencia. Contenida, pero violencia al fin.
Voy a saludar. El futuro depende de una mirada.
Primero la saludo a ella, la dejo sin tiempo de reacción. Veo levantarse sus cejas por el medio de la frente. Mala señal.
Antes que le cambie la gracia, increpo al señor. Pedro, le digo extendiendo la mano.
El es. No la dejo terminar la frase, solo con una mirada.
No escuche tu nombre -le digo.
Parece enojarse.
Mira para abajo, se ve que siente que la puso a ella en una mala situación.
Levanta la cabeza de nuevo. No necesito saber su nombre, ya lo adivine.
Cortado en jarrito? le pregunto mirando el pocillo vacío con la cuchara adentro.
Disculpa, flaco. Comienza la frase, políticamente correcto.
No te disculpo nada, replico iracundamente incorrecto.
Se enoja, levanta las cejas, abre la boca y supongo que me va a gritar.
Acá empieza.
Le ahorro el grito tomándolo de la nuca.
Quería que la cabeza de en la mesa, pero me había olvidado del jarrito.
Lo revienta con la frente, la cuchara le queda colgando entre los ojos, sujetada entre el cráneo y el cuero cabelludo.
Cualquier corte en la cabeza sangra. Si el lo hubiera sabido, supongo que no habría elegido la camisa blanca para ir hoy a la oficina.
Que haría yo a esas horas en el centro, después de todo?
Imbécil! exclama levantando las dos manos con las palmas hacia arriba, llenas de sangre.
Sonrío. Logre que salga de su posición políticamente correcto. Quizás logre que me devuelva los golpes.
Voy a empezar pegándole despacio. No debo aprovechar mis casi veinte años menos.
Perdón, le digo, es que no me gusta que me interrumpan.
Le agarro la mano y aprieto. Si el jovencito que me quiso asaltar me viera, sabría lo afortunado que fue.
Sigo con el señor. Y mucho menos, que me insulten, sigo diciendo.
Cierra la mano, ojala me de su mejor golpe.
Lo veo apretar la mandíbula. O le esta doliendo la presión en la mano, o esta juntando rabia para golpearme.
Hemos abandonado el dialogo, a mi parecer. El sigue sangrando y todavía tiene partículas de taza por toda la cara.
Viene la mano hacia mi. No lo suelto, y por ello, voy a pagar el precio.
Fue un izquierdazo justo a la mandíbula, supongo que por su posición, no acertó como yo esperaba. Voy a hacer que se levante. Me gustaría que me imprima un poco mas de fuerza.
Ya no me importa mi entrevista. Ya manche mi camisa, otra vez.
Suelto su mano, tirándola hacia abajo con fuerza, y con la misma fuerza, le doy una cachetada con el revés de mi mano. Ojala se levante.
Lo logre. Arroja la silla al levantarse. No me intimida.
Doy un paso atrás, para darle espacio.
Con un gesto de dolor, se saca la cuchara de entre los ojos. Vuelve a chorrear lo poco que había coagulado.
Bajo los brazos, esperando que el golpe sea certero, no me quiero desilucionar nuevamente.
En cuanto levanto un poco la pera, siento la sacudida. Veo todo borroso, y de repente, mi cabeza esta girando a 90º grados de donde estaba. No alcanzo a reincorporarme, que me lanza otro golpe. A este, debería haberlo frenado.
Dos pasos para atrás, y se me esta complicando.
Mas allá de los calificativos por la edad, tiene buen estado físico.
Esboza una patada. Si uno no patea rápido, lo mejor es no patear.
Veo la situación en cámara lenta. Levanta una pierna, dejando la otra al descubierto.
Con el brazo aparto su fallido intento de golpe, mientras levanto la pierna para probar la resistencia de su rodilla.
Mala suerte. No logro fracturarla, pero le va a doler por un par de días, cuando se enfríe.
Me decido a acabar con todo esto, de cualquier modo, ya no fui a la entrevista. Mi tarde esta perdida.
Amago una patada, impulso el brazo con la mayo potencia posible.
El aterriza en la silla en que todo esto empezó. Lo siento respirar con dificultad, le di justo en el esternón. Eso no cruje, pero dificulta el conseguir aire.
Intenta levantarse. Lo siento nuevamente con solo tomarlo del hombro.
Ya esta, le digo. No quiero ser el causante de otro huertano mas. Quedate sentado que yo me voy. Sigan la charla.
Sonrío, saludo y me voy. No es que me guste hacer escenitas, pero no me contuve.

Fragmentos Varios

No me hacia falta mirar para los costados. Sabia que el estruendo llamaria la atencion, asi que sin titubear, desenfunde mi 357. Vi mi reflejo en sus ojos, que a esta altura parecian suplicar, pero las palabras no alcanzaban.
Me di tiempo para esbozar una sonrisa. Parado de lado, con el brazo derecho extendido, apuntando a su futuro cadaver.
El cromo de una Colt Python luce mejor los domingos soleados. Practicamente destellos que enceguecian.
Hubiera sido oportuno citar alguna frase de Pulp Fiction, pero prefiero el silencio. Se pueden escuchar hasta el roce de sus dedos cuando cierra la mano.
Pulgar derecho sobre el martillo. Queda poco.
Derrama una lagrima. No me moviliza, sigo sonriendo y mantengo las cejas arqueadas. Ya no me tiemblan las manos. No hay vuelta atras.
Una bocanada de fuego y el brazo se me dobla levemente a la altura del codo.
Lo que antes fue cabeza, ahora es confeti. Una lluvia de craneo, seso y sangre adornan la zona. Reincorporo la cabeza y el brazo. Todavia humea el cañon.
Despues de captar una imagen mental de la escena, y antes que lleguen las palomas a encargarse del festin que les dispuse, me voy.
Por hoy cumpli. Mañana saldre de nuevo a visitar viejas amistades del mismo calibre.

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Era el travesti mas feo que vi en mi vida. Los pechos no tenian simetria. La nuez se le notaba desde media cuadra. Los brazos. Los brazos me contaban que en un pasado cercano, habia realizado trabajos duros, se habia gando el pan.
Esperabamos el mismo colectivo. Entre el travesti y yo habia tres tipos.
Los hombres en manada son insoportables, y estos, ademas de ser manada, habian tomado mas de lo que les hubiera convenido.
Era un martes feriado, Junio. En esta epoca del año la conjuncion del frio, el viento y la soledad de los feriados, quiebran hasta al mas fuerte.
Uno de los tres hombres dirijio una mirada hacia ella. Para no tener problemas, ella les dio la espalda.
Llevamos cuarenta minutos esperando, y el maldito colectivo no viene. La calle esta totalmente desierta.
Los borrachos no paran de hacer comentarios sobre las proezas sexuales que demostrarian al travesti. Parecen no haberse percatado del grozor de sus brazos. De la promesa de fuerza en sus piernas.
Finalemnte arriva el colectivo. Fueron 45 minutos de espera tensa e insoportable.
Dejo que la señorita (por decision) suba primero, por una cuestion de caballerosidad, cuando uno de los borrachos, a la voz de " A donde vas, chiquita", me empuja, logro sujetarme del barral ubicado al costado de la puerta, quedo casi colgado.
El beodo hombre no tuvo mejor idea tocarle las nalgas. Con la ambicion de tocarlas a todas juntas, no queria desperdiciar ni el tiempo, ni la carne. La robusta señorita, se encontraba entre el segundo escalon y el pasillo del colectivo, con sus piernas derecha e izquierda respectivamente.
Desagradable, escupiendo al balbucear; el borracho grito: Dale puto, bajate que te gusta!
Yo seguia colgado de la baranda, suponia que esto pasaria rapido.
Pude ver como el travesti presionaba los caños del colectivo, hasta que no soporto mas. Por un segundo, todas las miradas se dirijieron a ella, y hubo silencio, de esos silencios que dan miedo. Giro la cabeza, mostrando todos los horribles elementos que componian su cara. Sin emitir si quiera una palabra, levanto la pierna derecha como si fuera a terminar de subir la escalera. No lo hizo.
Luego de levantarla unos treinta centimetros, bajo la pierna con toda la intensidad que la situacion ameritaba. Pude ver como el taco aguja, gastado por el peso de la corporeidad de este confundido ser, se incrustaba de a poco en la cabidad ocular del borracho. Se escuchaban salir sustancias viscosas, expulsadas con aire. Sangre y gritos. Si uno hubiera tenido que ponerle titulo a la situacion, ese hubiera sido. Sangre y Gritos.
Yo colgaba aun. El borracho gritaba. El travesti movia el talon como si estuviera pisando una cucaracha, y todos los liquidos y demas sustancias que se desprendian, me salpicaban, por proximidad.
Despues de unos segundos, la dama que no era del todo del sexo opuesto extendio su pierna con firmeza, a modo de despegarse a quien tenia alli atascado. El hombre cayo al suelo totalmente inanimado. Tanto fue asi, que al aterrizar, vino a darse la nuca contra el poste que sostiene la estructura de la parada del colectivo. Mas sangre. Ya no se escuchan gritos. Los colores ya no sorprenden.
Con el camino libre, me subo al colectivo. El silencio perdura, todas las miradas siguen dirijidas a ella.
Mientras el colectivo arranca, puedo ver por el vidrio trasero como va creciendo el charco de sangre en el que estan sopados los restos del que se creia vivo. La justicia tiene formas muy poco convencionales...

Amistades peligrosas

Levanto una ceja para ver bien con mi ojo bueno. El no vacila, sostiene esa mirada insistente sobre ella. en la espera de la torta, empiezo a sentir como se empiezan a tensar en mi los músculos y nervios. Para cuando siento trabarse los maceteros, la torta esta en la mesa; y su mirada, en ella. Comienza el canto, a encenderse la vela, que es de esas que no solo no se apagan, sino que parecen un volcán que no hace mas que escupir chispas. Un tubo de cartón relleno con pólvora sin compactar.

Termina el cumpleaños feliz, ella debe estar planeando sus deseos; y el, definitivamente esta deseando mas de lo que corresponde. Empiezo a tener la sensacion de que el tiempo pasa despacio y la vela nunca va a terminarse.

Posa las manos en la mesa, una en cada costado, como para levantarse. El, que definitivamente debería ser mas precavido, empieza a estirar su mano para esbozar una caricia. No lo logra.

En medio de lo que hubiera sido un desubique arranco la vela-volcán, y aun con los pedazos de chocolinas, dulce de leche y crema; se la entierro en esa mano. Esa mano que se atrevió a decir mucho mas que su garganta. esa mano que era el subtitulo de la degeneración silenciosa ante mis ojos.

Lo observo arquearse. Hasta que llega el dolor, uno tiene tiempo para asustarse y sorprenderse. finalmente le llega. Las pupilas parecen estar por tocar los vidrios de sus anteojos, lagrimea e inspira una cantidad de aire que probablemente le haga falta, porque aparentemente, con el baile que estamos por iniciar, nos vamos a agitar.

Ella esta hermosa, pero la sangre no la hace feliz. A mi si, así que en un ataque de egoísmo me tomo el momento para desplegar toda mi cratividad y modificar a este ser humano.

Con su mano izquierda, y sin que yo lo advierta, el desgraciado toma un plato, que vino a darme justo entre la oreja y el ojo derecho. Sangro a borbotones. Se me reduce la visibilidad con el ojo bueno, pero sigo dispuesto a realizar la tarea que me he encomendado.

Entre la mesa y los restos de plato de su mano, fue muy poco tiempo el que tardo mi cabeza en caer. Mientras rebota mi cara, dejando evidencias, me apoyo en una silla, para no caer al suelo.

Ella grita y llora. Nosotros solo gritamos.

El se acerca, creyendo que caí al piso, pero no. En las peleas, suponer sale caro, y yo estoy dispuesto a colectar mis ganancias.

Con la mano derecha, que era la única disponible, me hago de una botella. No quiero romperla, se me ocurren muchas cosas para hacer con ella, y seria un despropósito estallarla ahora.

Mientras me incorporo nuevamente, le hago sentir la textura del fondo justo en la frente. Arriba de los anteojos.

Sigo sujetando el envase desde el cuello, y a el, de la camisa.

Siento en mi mano como se le aflojan las piernas entre golpe y golpe.

La mancha de sangre que comienza en mi frente, a estas alturas sobrepasa el bolsillo. Ojala no me arruine los cigarrillos, porque ya empiezo a sentir la necesidad de fumar.
Le suelto la camisa, me duele el brazo de tanto arremeter a botellazos.
Enciendo un cigarrillo. Son solo un par de pitadas las que necesito para continuar.
Para asegurarme, le piso la mano mientras disfruto de mi adicción.
Ahora siento los pulmones pesados, sigo agitado, tenso y con una gran presión en el torrente sanguíneo. Quiero mas.
Me inclino un poco. El golpe con las sillas se empieza a sentir en las costillas, es solo un hematoma.
Le afirmo la mano en la cara, entre mis dedos pulgar e índice esta su nariz, que poco va a tener que ver en esto. Una pitada larga, para aumentar la brasa, y apago el cigarro en su frente. La piel parece burbujear, como en estado de ebullición, de a poco comienzan a notarse el comienzo y fin de cada músculo de su cara. No podrían arquearse mas mis cejas. Aprieto los dientes y muevo la cabeza de lado a lado mientras lo escucho gritar.
El cigarro esta apagado. El esta desmayado y yo, yo estoy exhausto.
Ella tiene miedo, producto de nuestro depliegue de arte en escala de rojos.
La cubro con mi campera para frenar sus temblores, intento limpiarme la sangre de la cara, pero solo logro desparramarla mas. Finalmente le doy un beso, y le comento que su amigo no me cae del todo bien.

Como la que tengo adentro, pero escrita. Palpita un poco menos

Me mira, le brillasn los ojos. Agarra el picaporte con la estupida ilusion de que la puerta abrira.
No soy tan estupido como para no cerrar con llave y guardarmelas en el bolsillo. Me acerco de a poco, mirandolo fijo. Los gritos no me van a detener, ni los tuyos ni los de nadie.
Siento que me cuesta mover la cabeza para los costados, siento crujir los nudillos y esto se pone bueno.
Quiero que te mueras. Te quiero matar con mis manos y sentirlo. Disfrutarlo.
Al ritmo de los latidos de mi violencia, se me acaba la carrera, a un metro de distancia le lanzo la primer patada, que le aterriza justo en la entrepierna, dando la escena perfecta para la serie de rodillazos que me hacen sentir como revienta su nariz en mi rodilla. La marca de la sangre promete ser indeleble.
Al grito de ¡Que mal señor, a usted le parece! me dispongo a seguir pateandolo, aunque este en el piso. Lo hago.
Ay dios, como me hierven las venas, que bueno se siente esto.
Con las dos primeras patadas, se queda sin aire, la cabeza pierde fuerza, los musculos del cuello pierden consistencia, y termina con la nariz en el charco de su propia sangre.
¡No te ahogues! le grito, y para sacarle la cara del enchastre, lo acomodo con una sutil patada a la boca.
Oh señor, como sangra este cristiano. Gracias por este momento.
Parece intentar tocer, pero mi objetivo es claro y conciso. Te quiero ver muerto, me escuchaste?
Y vuelvo a mi labor.
Velvo la cabeza. aunque este mal, voy a seguir. Aclaro las cosas.
Un hombro con cada rodilla, el peso de mi cuerpo le oprimira el pecho, solo hasta que yo lo crea necesario. Aprochando la indumentaria, le pongo sus propios anteojos, y me encargo de que me vea. Mientras puede.
Agarrandole el flequillo con la mano izquierda, espero que me vea a la cara, porque lo peor todavia no empezo.
La derecha, libre, tiembla pidiendo accion. Alla vamos.
Con el primer golpe, el vidrio izquierdo se parte en 8. El tiene dos partes dentro del ojo. Yo tengo una en un nudillo, como arde, carajo!
No vamos a parar, porque seguis vivo, y todavia pareces una persona, se entiende viejito?
Lo que le qeda de parpado despues de la serie de golpes, no creo que le sirva. Al otro ojo lo vamos a trabajar con el talon. Esta es una imagen prometedora.
No fueron mas de ocho golpes. Por fin dejo de pedir por su hijo, por su vida y por favor.
De tanto en tanto le pateo las costillas, para ver si todavia se mueve.
Efectivamente, asi que seguiremos.
Escuchame! ¡cerra la mano!
Y cuando la cerro, la pise cual cucaracha de sotano. En mi vida habia escuchado los guesos de una persona tronar de tal modo. Cuanto mas se retuerce, mejor me siento.
De cuando en cuando vuelvo la cabeza. Me cuesta conmoverme.
Aprovechando lo glorioso de los borcegos, sigo cayendole de a patadas, cada vez mejor repartidas, para distribuir el dolor.
finalmente y mirandole a los ojos, girando la cabeza; tomo la garganta con una mano y empiezo a presionar. Siento como me corre la sangre por la mano, entre el dedo indice y el mayor, que cada vez se acercan mas a estar dentro de su cuerpo. Abrio la boca para tomar el ultimo suspiro. Dicen que lo ultimo se pierde es la esperanza.
Termine mi trabajo. Me levanto, giro y me quedo parado un segundo. encogido de hombros digo: Lo unico que queria era demostrar un punto.
Lo unico que veo es panico, rechazo y lagrimas. Una lastima, porque fue un momento tan grato.
Saco las llaves del bolsillo, salto los restos del señor, y tras dos vueltas de llave, dos pisos de escalera y dos puertas, estoy en la calle.