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El personaje este y la justicia de bar

Eran cerca de las ocho de la mañana, yo estrenaba resaca de lunes. Me dirigía al Sorocabana por un café. Mis ojeras y mis ojos entreabiertos daban a entender que no seria un buen día. En esas épocas trabajaba en una verdulería que detestaba, cuyo dueño era un viejo adinerado que detestaba aun mas.
No faltaban más de 20 metros para llegar al bar, donde me esperaba el elixir para la resurrección, cuando de la nada misma apareció un perro negro, del tamaño de un pony. El jodido animal no paraba de jadear, gruñir ladrar y demás alharacas para impartir miedo. No a mí. Yo he sido golpeado por gorilas de bar que pesaban cómodamente dos veces lo que este animal, pero por las dudas estudie el escenario. Junto a un tacho de basura había unas maderas que bien podrían ser utilizadas para investigarle el interior y librarme de esta bestia molesta. Lo mire, el bicho seguía ladrando, pero seguí hasta la mesa de afuera. Esa en la que nunca había dejado propinas para el mozo, que siempre preguntaba ¿como esta amigo? Jamás le respondí, porque no éramos amigos y porque con ver mi cara uno podía darse por enterado de mi estado.
Cuando faltaban 5 metros para llegar a mi sitio, un viejo patán que llevaba colgando del brazo a una veinte añera ocupo mi lugar.
Ni bien me senté, lo más cerca posible de mi mesa, el jodido viejo comenzó a gritar exigiendo la presencia del mozo. Ya llevaba dos malos pasos, en un camino muy corto y estrecho, el de mi humor un lunes de resaca.
Champán mozo, champán! no paraba de gritar.
Faltaba poco para mi cambio de humor, que normalmente iba de malo a pésimo.
Se acerca el mozo, al arrimarse a la mesa, me mira, me reconoce y se me acerca primero. Ordeno lo mió, al tiempo que el viejo con un look a lo Moyano vocifera: ¡Que, en este bar son sordos o pelotudos!
Cada grito es una puntada en mi cabeza, eso me detiene de levantarme a ajusticiarlo. El mozo, con una mirada que no hace más que pedir perdón, se aleja de mi mesa para irse a la contigua. Demora 20 minutos en explicar que ese bar no se sirve champagne, y menos a esa hora.
Yo debía estar en la verdulería a las 9 de la mañana, que era la hora a la que llegaban los proveedores, cosa que nunca pasaría, debido a mi vecino de silla, que no paraba de quejarse. La jovencita permanecía inmóvil, y de vez en cuando me convidaba una mirada.
No tenia largas piernas, ni un culo que hacia temblar de emoción a las sillas, pero que tetas. Tenia unos senos que desbordaban del vestido rojo que la contenía, y hacían que cada mirada valiera el doble. Yo no estaba ni para fantasear, no servia ni para despojo humano.
Pasaron 40 minutos desde que me senté, se acerca la bandeja, que era lo que importaba. Llevaba dos cafés, un cortado en jarrito y tres medialunas.
El primero de los cafés fue para mí.
El cuarentón se enojo nuevamente, quería ser atendido antes que nadie. Yo lo único que quería era alejarme, por lo menos hasta ese momento.
Mi silla estaba enfrentada a la calle, mirando hacia el banco que esta cruzando la calle Buenos Aires, de modo que cuando no soportaba mas al factor insoportable de esta pareja, giraba sobre la silla y me ponía a ver las palomas en la plaza.
La chica pidió amablemente al señor que sacase la mano, el señor largo una risa socarrona. A mí me quedaba poco más de medio café, empezaba a ser yo nuevamente. Busque en mis bolsillos la etiqueta de cigarros, quedaban dos, que estaban tan doblados que parecían una obra de Dalí. Busque el encendedor, pero no lo encontré. La gente tiene la maña de hacerse de mis encendedores, y yo la de no darme cuenta de que son míos.
El mozo estaba demasiado lejos como para venir, no me quedaba otra que pedir fuego a la concurrencia, que no eran más que estos dos.
La niña busco en su bolso, que era apenas unos centímetros más grandes que mi bolsillo, en el que no me entraba la mano. Se inclino, y me lanzo una llamarada a centímetros de la cara. Encendí el puto cigarro y ella se alejo sin quitarme la mirada.
El viejo se molesto. ¿Te gusta el señor, pendeja puta? decía en un tono de voz elevado. La jovencita miraba a la mesa y no emitía sonido alguno.
Yo entre pitada y pitada, y con el café puesto, resucitaba cada vez más; y la sangre me hervía.
Llamo al mozo y pido la cuenta. El mozo se aleja. El tipo sigue gritando.
El problema con este tipo de personas, es que creen que por tener dinero, autos y pendejas, creen que las manos duelen menos. Y hasta donde yo se, a no ser que estén literalmente forrados en dinero, no es así.
El tipo se calla la boca y la niña levanta la cabeza. Volvió la calma, y con ella el mozo y mi cuenta.
Termino mi cigarro y me levanto para irme. A los pocos pasos, escucho gritos nuevamente, pero eran de mujer. Tracciono la mandíbula e intento mantenerme alejado de los problemas, camino un poco mas.
Cuando llego al lugar a donde estaba el perro, escucho gritos nuevamente. Giro y me doy con que el tipo tenía a la chica del vestido rojo tomada por la nuca, y le estaba metiendo a la fuerza una medialuna en la boca. La chica gritaba y hacia arcadas, el tipo reía.
Mire para todos lados, nadie hacia nada, solo miraban y seguían caminando. Gire para ver si no habría algún policía cerca, pero nada. Mejor para mí.
Tome la madera, que en un principio había medido para golpear al perro y me acerque. El mal nacido no cesaba, la chica a estas alturas vomitaba.
Llegue a la mesa, mire al tipo a los ojos, pero no pasaba nada, con una sonrisa burlona me desafió, no te conviene meterte en esto pibe, seguí caminando. Yo estaba muy lejos de eso, primero porque ya era tarde para ir a mi trabajo de mierda, y segundo porque la jovencita estaba que no entraba en el vestido, y el tipo la estaba arruinando en mis reacuerdos.
Agarre la mano del sujeto, que con sus propios anillos consigue hacerse sangrar, y los dorados comenzaron a transformarse en bordó. Hay que joderse con estos tipos de aspecto sindicalista y todos sus anillos, ¿para que los tienen si son tan molestos?
Soltó a la chica. Ahora el que reía era yo, pero el tipo todavía ni suplicaba ni paraba de decirme en el enredo que me estaba metiendo. Yo respondí que había salido de bretes peores, que mi mama era italiana de las que criaban a los golpes.
El tipo soltó las medialunas y esbozo un golpe, pero no fue mas que un intento. Comencé a sentirme vivo, no mas resaca ni puntadas en la cabeza. La sinfonía de los gritos me place. Entendí que la madera era demasiado, así que la deje caer al lado de la mesa.
Ahora con una mano libre, y la otra a medio ocupar, me dispuse a divertirme.
Levanté el brazo, al punto de que el imbecil viera como cerraba el puño. Sus ojos cambiaron, la expresión de su cara cambio. Yo ya había olvidado a la chica.
Baje con violencia el puño, apuntándole a la boca. A esos dientes postizos agarrados con alambras dorados, pero no le pegue. Frene el puño a escasos centímetros de la nariz, y la agarre. De a milímetros fui girando la mano, pude sentir como se iba desordenando por dentro, al tiempo que brotaba el relleno de su interior. Más gritos.
Los mozos estaban congelados mirando desde el interior, sabían que el tipo lo merecía, y deseaban ser ellos los que le propinaban la paliza.
Con la mano y cara ensangrentadas, dio dos pasos hacia atrás, quedando cerca de la vidriera. Los mozos agitaban los brazos, pidiendo que no destrozara el local.
Tome al tipo por la campera. Era un cuero de muy buena calidad, pero no me gusta el marrón, así que se la deje, por lo menos por el momento.
A modo de broma, amague con tirarlo contra el vidrio, que media poco mas que yo de alto, y cuando los mozos se tomaron la cabeza con ambas manos, cambie el rumbo y revolqué al tipo por la calle. Ya estaba en el piso, así que después de propinarle unas tímidas patadas en el rostro me aleje, dirigiéndome hacia la chica. Después de las preguntas y comentarios de rutina, y aparentemente de modo desubicado, anote mi dirección en una servilleta e invita a la joven a pasar por mi casa y cocinarme algo.
Debo haber llegado al trabajo cerca de las 11 de la mañana. En mi lugar encontré a un muchacho flaquito, con más barba que carne, con mi delantal puesto. Mi presencia lo incomodo, así que tome un calabacín, por las dudas la chica fuera a casa a cocinar, y me largue.
A las 2 de la mañana me di por vencido, tire el calabacín a la basura y destape la única ginebra que me quedaba.
Al día siguiente me encontré en el bar, la chica nunca se presento. Los mafiosos nunca me buscaron, pero por lo menos tome café gratis un día, y los mozos me tenían como héroe.
Debería haberme quedado con la campera, podría haberla teñido.

De siestas y obsesiones (las siestas de Rusty)

Eran las ocho de la noche, hacia un par de horas que dormía, o por lo menos lo intentaba.
Los niños se aburrían en un domingo gris, y eso era un problema que compartíamos. No es que yo durmiera por aburrimiento, sino que me molestaban los niños, más aun en estado de aburrimiento.
Gritaban, no recuerdo que, pero gritaban. Yo intentaba por todos los medios seguir con lo mío.
Estaba boca abajo cuando el recorrido de la pelota los trajo al pie de mi ventana. Con los primeros gritos intente ser comprensivo, gire sobre mi hombro derecho y me tape la cabeza con la almohada. Nada podía hacerse, los jodidos niños gritaban cada vez peor.
Adicione un almohadón a la pila que cubría mi cabeza para amortiguar el sonido, pero de nada servia.
Gritaban con placer, discutían entre ellos y gritaban a los perros.
Finalmente el balón reboto contra un árbol, y vino a caer a centímetros de mi ventana. Los niños, que mas que niños eran pre adolescentes, se acercaron, nuevamente vociferando. No pude soportarlo, me levante envuelto en un velo de furia.
Al asomarme a la ventana, me encontré que el mayor de los perros se había comido la pelota. Era un perro grande, de unos 60 kilos, y una mandíbula que era por lo menos extensa.
Uno de mis problemas estaba resuelto, pensé, pero no sabia cuanto me equivocaba.
Con la partida del esférico, el aburrimiento de los púberes crecería exponencialmente, y allí empezaría lo peor para ellos. Yo daría fin a mi aburrimiento, que era lo único que tenia, al ver abortada mi preciada siesta.
Eran tres, una niña y tres niños. La niña, mayor que los otros dos, siendo cauta, les recomendó que no cruzaran. Ellos rieron y hasta se mofaron de la niña. Gran error.
El perro era tranquilo, y estaba acostumbrado al trato, o maltrato, ocasionado por los niños. Ambos insultaban y maldecían al animal, al tiempo que uno de ellos le pateaba la cabeza. El perro no soltaba la pelota.
Ese hocico de ese perro era una maldita maquina de destruir. El pelaje gris plomo del animal contrastaba con el naranja de los restos de pelota y la baba blanca que brotaba en burbujas que se destruían al llegar el siguiente brote de babas. Por la mirada del can podía notarse que estaba aguantando la furia. Lo note en un segundo.
Di un brinco a través de la ventana, aterrizando justo a espaldas de los invasores, que ni bien notaron mi presencia echaron a gritar, insultar maldecir y lanzar quejas sobre su juguete devorado por el perro. Enderece mi espalda, comencé a respirar lentamente y a pensar en cosas agradables, pero ya era tarde, estaba furioso y quería violencia.
Contendiéndome, me disculpe por lo acontecido y pedí a los intrusos que se retiraran, no lo hicieron. Mi sangre se acercaba cada vez a su punto de ebullición, y por un momento, quise evitarlo.
Uno de los niños, con esos piecitos que están creciendo, pero todavía no son de hombre, y tienen un filo particular, me refirió una patada a la canilla. Cerré los ojos, no quería hacerlo. Tres segundos después, cuando me propuse abrir los ojos, el otro niño, encorajinado por el otro, me golpeo en los genitales con su manito. Me cago en la buena apuntaría del mocoso, me dio justo en el órgano, y no me contuve mas.
El niño que me había propinado la patada reía a carcajadas cuando se encontró con mi borrego invadiendo su cara y parte de su pecho. A raíz de esa patada reculo por lo menos un metro y medio, aterrizando a centímetros del hocico de Hades, el perro. El animal me miro como pidiendo permiso, antes de soltar la pelota, y esos ojos, que estaban casi tapados de piel, se dejaron ver. Hay que joderse con esos bichos, que tan tontos parecen. Lo agarro por el cuello, el niño casi ni se movía hasta que empezó a sacudirlo, y la sangre pulverizada se dejo notar en el aire, dibujando formas extrañas al alcanzar el suelo. El animal se regocijaba, de algún extraño modo me hizo sentir liberado, así que me puse manos a la obra. El niño que quedaba no paraba de insultar. Era tarde para todo.
Lo tome del cuello, levantándolo hasta la altura de mi cabeza, me recordó a una pelea en un bar, en la que mi oponente también carecía de altura, y también se llevo la peor parte de la pelea.
A medida que aumentaba la presión de mi mano en su cuello, disminuía el volumen de los insultos. Las venas en mi brazo se hincharon, sus ojos comenzaron a lagrimear. Lo solté dejándolo caer al suelo, tardo un rato, pero se reincorporo. Lo iba a dejar ir, pero el mal nacido no aprendía. Al levantarse me miro fijo a los ojos y me grito: ¡Marica! ¡A los niños no se les pega!
Premisa que demostré falsa con el único esfuerzo de un puño en su boca.
Cuatro dientes menos, pero había aprendido algo sobre la verdad de las cosas. Sangraba como vaca en el matadero. Lloraba, ya no insultaba; yo había dejado de escuchar hacia rato. Después de trabajar un rato en su cara, pensé que lo dejaría ir, ya no me divertía, y sangraba demasiado para tener ese tamaño.
Le metí una patada en el culo, a modo de despedida, pero justo cuando le faltaban metros, Hades comenzó a correr para interceptarlo. Según mis cálculos, el perro ha de haber pesado 20 kilos más que el muchacho. Cuando se toparon, fue evidente la diferencia. Lo tomo por las costillas, sacudiéndolo de un lado a otro, el niño gritaba mas que al comienzo de todo el problema, el perro lo disfrutaba, brotaba sangre de la mordida del perro, que mientras lo sacudía, hacia que la cabeza de la pequeña basura golpease con la verja, con los fluidos del otro niño, el otrora gris can, se había transformado en un bordo casi marrón. Me senté en la reposera que hay en la galería a ver el final de este espectáculo, mientras manoteaba una cerveza de la conservadora. Finalmente termine mi cerveza y me dormí, disfrutando de este barrio, que tan tranquilo es por las siestas.



P.LoZ

El Hombre al piano

Otra vez se encontraron el pianista y ella, hacia años que no se veían, y se notaba. La vida nocturna dejo su marca en sus caras. Arrugas, ojeras, dedos amarillos y una vida vacía para compartir. Realmente hacia años que no se veían.
Sorprendidos los dos por el encuentro, ella nunca pensó que lo volvería a ver.
Él, mientras tocaba una canción que había compuesto para ella, revoleo una mirada fría al publico y la encontró. Durante años, cada vez que tocaba en estos bares buscaba ese ser entre él publico, pero nunca la encontraba.
Durante veinte años se habían buscado, pero la noche los había separado y la noche los había vuelto a juntar.
A partir del momento en que sus miradas se encontraron, el vaso de whisky sobre su piano empezó a temblar, volvía a sentir el piano en sus manos, la vida quería volver a entrar en su cuerpo, pero el se negaba. No tenia ese sentido de familia, se sentía incomodo al pertenecerle a alguien, no le gustaba estar atado otro ser. Le molestaba tener algo que perder.
Esa noche toco mas que nunca, no sabia si lo hacia para no tener que hablar con ella o para complacerla.
Finalmente se le acabo el repertorio, inclino la cabeza, saco un atado de cigarrillos del bolsillo, prendió un fósforo y con todo el humo en la cara, dijo con su voz, ya gastada por los años, el alcohol y la nicotina- gracias, y sus ojos, un circulo casi completamente negro, irritados por el humo se posaron en ella, y casi sin quererlo dijo: - ojala que se vuelva a repetir.
Cerró la tapa del piano, y como cada noche, algún que otro borracho se le acerco y comentaban su atracción por el blues. Él era un hombre de blues, nada que ganar y nada que perder, todo lo que tenia era un sufrimiento que calzaba justo al compás de su piano. Esto era así hasta que la vio a ella, sentada en una mesa, sola rodeada de tres botellas vacías y un plato de maní a medio comer. Capturo esa imagen en su cabeza y mirando para abajo, con las dos manos en los bolsillos del sobretodo que se había puesto, comenzó su marcha hacia la puerta. Pensó que la filosofía de vida de un hombre como él, era la del sufrimiento, era tan inestable que tenia miedo de ser feliz. Con la imagen fija de esta mujer, bajo el cono de luz amarilla que resaltaba el humo del lugar, se fue por la puerta de atrás del bar. Para evitar cualquier encuentro con ella. Eran las siete de la mañana, ese era su horario de salida.
Normalmente se tomaba una vuelta mas antes de irse a la pensión, pero hoy no, quería irse a dormir para olvidar.
Al día siguiente, otra vez el mismo bar, el mismo publico de siempre, borrachos y perdedores, en ese lugar, nadie hacia amistades porque nadie creía en la vida, ya nadie creía la felicidad en ese lugar. Se refugiaban en la noche porque alguna vez pensaron que les molestaba que los vieran sufrir, pero la mayoría de los que rondaban ese bar había pasado esa etapa.
Pidió el clásico whisky, un posa vasos y dejando el vaso sobre el piano, empezó a tocar de nuevo, era como que las noches nunca terminaban, esta noche era la continuación de la función de ayer. El vaso que estaba sobre el piano no temblaba, ya no había vigor en sus manos, sus nervios no se contraían, pero otra vez, en la misma mesa, bajo la misma luz, al lado de una mesa de pool, la pelirroja, fumándose un cigarrillo y tomando la misma marca de cerveza de siempre.
Hasta cierto punto, a el le molestaba no estar con ella, porque se acordaba muchas cosas, información que quizás ni a ella le importaba, pero eran las cosas simples de la vida.
Esta noche no se aguanto, y le dedico un tema. Una sonrisa que dejaba ver dientes marrones y más arrugas que antes le hizo recordar que ya estaban viejos.
Esta noche tampoco se animo a hablarle, y otra vez volvió a la pensión.
No se podía dormir, algo le molestaba, sentía que tenia que hablar con ella, pero no se animaba.
Esta vez, llego al bar. Miro el piano y se fue con paso firme hacia la barra.
Que pasa maestro? – le pregunto el muchacho que atendía la barra.
¿Que le paso al piano?, La tapa esta toda rallada, ¿qué le hicieron?
Lo que pasa es que anoche hubo un remo y al parecer le pegaron con una silla, pero no se ponga mal maestro, ni que fuera suyo el piano.
Pocas palabras lo podían haber herido tanto, en ese momento se dio cuenta que su único compañero, el piano, ni siquiera era suyo, y que en cualquier momento se podía quedar sin trabajo y sin piano. Esta vez se sintió mal en serio, lo normal era una depresión lineal que no lo dejaba pensar en otro sentimiento que no fuera la soledad. Pero el piano le hacia olvidar todo eso, lo sacaba de la depresión y lo metía en sus recuerdos de la infancia, esa época en que tenia una amiga, y que una bicicleta era todo lo que necesitaba.
Dolorido, se sentó a tocar, y esta vez sin querer, toco canciones que le hacían pensar en una despedida, ese era el final de su ser, iba a seguir vivo, pero solo físicamente, porque ya no tenia esperanza alguna, y eso no le molestaba, porque se le había hecho costumbre. Pero el hecho de saber que ese piano no le pertenecía, le hacia sentir lo que era la soledad y la oscuridad de la noche.
Encerrado en el mismo bar de siempre, sentado al piano, comenzó a tocar, pero esta vez no miraba al publico, comenzó a ver las paredes, y se dio cuenta de lo triste que era su vida.
Paredes con un empapelado verde que se despegaba por las humedades, nombres escritos con tiza de pool. Ese era el único lugar que él sentía como propio.
En un momento se levanto para pedir que le llenen el vaso de nuevo, y camino a la barra, escucho una voz que le sonaba conocida, pero el tiempo es cruel, y tal cual lo había hecho con su voz, esta que él escuchaba, estaba gastada por los placeres de la noche.
Por lo menos mirame, le decía la voz de ella.
Se dio vuelta esperando sorprenderse, pero esto no paso.
Te miro y me doy cuenta de lo que soy y lo que pudimos ser, y por un lado me duele, pero por el otro me siento bien-dijo él con sus ojos abiertos a media asta.
Ella si se veía sorprendida.
Me cuesta creer que nos encontremos en este lugar, justo acá...
El no entendió eso, había trabajado en ese bar los últimos quince años.
Disculpame, pero tengo un publico impaciente, replico por vergüenza, en realidad no quería empezar a hablar de las “buenas” épocas. Su realidad era esa, sentía mas afecto por el piano y el whisky que por un niño con un globo, ya no quería cambiar.
Terminó de tocar y repitió el ciclo diario, a dormir a la pensión.
Otra vez en el bar, la imagen estable de todas las noches, le causaba intriga, saber si la gete que rondaba el bar alguna vez se iba, si tenían casa o algo.
Con el mismo traje negro que usaba cada noche, se sentó en el mismo piano que hacia quince años tocaba y empezó el mismo repertorio de siempre.
En un momento, sintió que alguien acercaba una silla al piano, y no le dio importancia, porque trabajar en un bar de alcohólicos fracasados es como trabajar en un neuropsiquiatrico, cada uno hace lo que quiere y él más cuerdo les tiene que seguir la corriente, sino quiere tener problemas.
No le dio importancia, hasta que la vio a su amiga subirse al piano a cantar una canción que habían escrito juntos.
Automáticamente, sus manos la siguieron, el ni siquiera sabia que alguna vez había musicalizado ese tema, pero ella sí. Ella sabia que el no la podia olvidar, y también sabia que cada vez que se sentaba al piano, pensaba en ella y se negaba todos los sentimientos que le dedicaba en cada letra de sus canciones.
Se miraban fijo y seguían cantando a coro, al terminar la canción, miraron al publico, esperando una ovación, pero nadie los estaba mirando, todos los borrachos del bar miraban para la barra.
Se miraron de nuevo como agradeciéndose por el momento, y un ruido seco acabo con el momento.
Él pudo ver como ella inclinaba su cuerpo sobre el piano hasta quedar totalmente tendida en él. Sus ojos todavía brillaban, como en el momento en que empezaron a mirarse al terminar la canción, pero ya no parpadeaba, tenia el mismo gesto.
No le quito la mirada de encima asta que sintió frío en los dedos. El sabia que pasaba, pero no lo quería entender.
Levanto las manos, las miro y llenas de sangre como estaban, las sacudió y grito: - ¡muchas gracias, espero que lo hallan disfrutado, porque no va a volver a suceder!
Los borrachos no quitaban la mirada de la barra.
Ahí estaba la respuesta, el hombre que atendía la barra, rodeado de humo, que no era de cigarrillo, sino de pólvora, con un arma en la mano, asintió con la cabeza, y mirando al pianista a los ojos dijo: comparti mi vida con esa mujer, y crei que esa cancion era su declacion de amor hacia mí, pero ahora, esa declaracion no es de nadie.
Tomo un trago y volvió a dejar el vaso en el mismo lugar, se levanto, se puso el sobretodo y se fue nuevamente a la pensión, esta vez los recuerdos no lo dejan dormir.
Ya era de día, como siempre que salía de trabajar. Decidió que esta vez en vez de tomar ron iba a tomar mate.
Cuando el sol se colaba entre las maderas del postigon que cubría su ventana, se fue a caminar, de día, cosa que no hacia desde que trabajaba de noche, camino tres cuadras para un lado, y sus piernas tomaron el control de la situación, lo llevaron al bar, pero esta vez era de día.
Hacia tanto que trabajaba allí, que sabia por donde podía entrar, por donde salir, y sabia que la puerta de atrás se abría desde adentro sin necesidad de una llave.
Entro por una ventana que no tenia traba, se sirvió un whisky, como siempre, y se puso a tocar.
Al terminar, abrió la puerta del frente del bar. Dejo entrar al sol y se sintió invadido, nunca se había dado cuenta de lo oscuro y feo que era ese bar, miro hacia la puerta y sacudiendo la cabeza empujo el piano para ver si las rueditas todavía giraban.
Una vez que verifico que las rueditas giraban, empujo el piano hacia la calle.
Y una vez que el piano estaba en la calle, con gran esfuerzo, lo empujo hasta la pensión.
Estando en su cuarto, con la luz del sol colándose por su ventana, se dio cuenta que el piano todavía tenia manchas de sangre marcas de sus manos. Coloco un posa vasos sobre la tapa, pero esta vez en vez de poner un vaso, puso el arma, que había tomado del bar, con la que había disparado el dueño del bar, el amante de su amor y el dueño de su piano.
Dedico a la memoria de su amiga la canción que habían tocado al momento de su muerte, y al finalizar, sin publico ni bar, se quito la vida, porque a el le quedaban pocas cosas por lograr en la vida, pero prefería pertenecerle al dueño del bar antes que vivir sin piano, sin bar y sin amiga.
*Este texto se basa en mi imaginacion y en una cancion de Billy Joel llamada igual a lo que leyeron

Montag

Lunes.
Sus ojos negros reflejaban su mente en blanco, buscando una imagen que nunca aparecia.
Parecia que estaba mirando por la ventana, pero no era así, muchos sentimientos le recorrían la cabeza, pero se sentía ajena a todos ellos.
Todo el bar giraba a su alrededor, a esa altura, no sabia si estaba así por el amargo sabor del fracaso o por el alcohol que le hacia sentir frió en la panza y calor en el resto del cuerpo.
En un momento de debilidad relajo sus músculos y sintió como se empezaba a arquear desde la espalda, a tal punto que su cabeza golpeo el vaso de cerveza, que hacia horas estaba por la mitad, y termino pegando con la frente en el borde de la mesa.
Haciendo un gran esfuerzo, llevo su mano hacia el vaso, no para tomar, sino para sentir que todavía estaba en el mundo real, y que en este mundo todavía había algo que le serviría de consuelo. Un rato después, logro levantar la cabeza y se dio cuenta de que era de día.
Con la punta de la mesa marcada en la cabeza, el flequillo arremolinado y la pera sobre el antebrazo pensó que tenia que volver a su hogar. Pero todavía no sabia cual era su hogar, por lo pronto, lo único que tenia era el edificio físico que normalmente representa un hogar, esa era su casa.
Su casa era donde ella cada día al volver del trabajo se sentaba y observaba durante horas el único cuadro que tenia colgado en las cuatro paredes que constituían el living.
El vacío que le producía encontrarse sola en su casa, se veía reflejado en cada habitación , las cuales solo tenían los muebles necesarios como para poder llegar, tirar su ropa, ponerse otra y salir de nuevo.
Su casa no representaba esa utopía del hogar tibio y acogedor, relleno de afecto familiar. Sino representaban la soledad y la oscuridad que por el momento rellenaban su vida.
Martes.
No queres venir? Vamos a un bar after office.
No, gracias, tengo cosas que hacer.
La soledad ya no la dejaba relacionarse. Sus compañeros de trabajo no le caían bien, pero no hubiera sido malo ir con ellos.
Otra vez en el mismo bar. Su after office era siempre el mismo, cerveza y whisky. Sus días pasaban de a dos. Siempre se sentaba en la misma mesa. Siempre las mismas fantasías despierta. Y siempre el mismo final, ebria, sola y volviendo a casa, lamentándose por lo que podría haber sido.
Esta vez no se contento con llegar a su casa y mirar el mismo cuadro de siempre.
Abrió su cartuchera de cosméticos y se puso a dibujar las paredes sin formas concretas, y así dibujo toda la pared. Pero aun así se sentía mal, la casa todavía se sentía vacía.
Miércoles.
Queres venir a un bar after office?
Mmm...ok, hoy voy con ustedes.
Vas en tu auto o queres que te lleve?
No tengo auto, vivo cerca de aca así que no me hace falta.
En ese momento se dio cuenta de que su mundo se había reducido a cinco cuadras a la redonda de su casa. Sus fracasos no eran mas que negaciones. Se había dejado de dar oportunidades. Su expresión se limitaba a atender un teléfono, ya no dibujaba como antes, ya no escribía, no cocinaba.
Vamos? Ey, estas bien?
Si, lo que pasa es que me acorde de que tenia una reunión, pero no importa, vamos al bar.
Que vas a pedir?
No sé, vos?
No se, una cerveza negra
Ok, yo nunca había venido a este bar, pero esta lindo. Ustedes vienen siempre aca después del laburo?
Si, todos los días, y los viernes hablamos en ingles, no sabes lo bueno que esta, si queres veni este viernes, además así nos conocemos, y nos podemos llevar mejor en el horario de trabajo.
Que carajo hago yo hablando con esta forra de los pelotudos del trabajo? Se pregunto, pero aun así decidió darle otra chance, pelear contra su amargura, porque en todo este tiempo, esa misma amargura la había llevado a estar sola, lejos de su familia y sin amigos.
Dos horas después se fueron cada uno a sus casas.
En ese trabajo no había diferencias de sueldos, todos ganaban lo mismo y a todos les tomaba todo el DIA el trabajo, entonces, ¿cómo hacían todos estos idiotas para ser tan felices?
Se volvió directo a su casa, intentando esquivar su bar de todos los días. Llego y decidió ponerse a pintar, cosa que no hacia desde hace mucho tiempo.
Jueves.
Che, supongo que hoy también venis, no?
Si, vamos
Otra vez rodeada de gente, ese era su mal, tenia el poder de aislarse en pensamientos aun rodeada de gente. Ya no los escuchaba, ni los veía. Eran manchas que se movían mientras ella se volvía a hacer los mismos cuestionamientos de siempre.
Que vas a tomar? Le pregunto su compañera
Ah, disculpa me colgué, un whisky y un vaso de cerveza. Respondió sorprendida.
Su compañera la miro como esperando que le dijera que era un chiste, pero esa respuesta nunca llego.
Seis vasos de whisky y ocho de cerveza mas tarde, cada uno se fue para su lado, y lo único que logro comprobar hoy fue que sus compañeros de trabajo eran felices porque no se hacían ningún tipo de cuestionamiento. Les alcanzaba con un mercedes y un piso en plaza España para ser felices, pero no tenían aspiraciones profundas.
Coqueteaban con sus compañeras de trabajo, pero salían con chicas de 15 años.
Se volvió a casa. Otra vez sola, ebria, y sin ningún sentimiento de tener amigos o compañía siquiera.
Viernes.
Che, hoy nos juntamos a hablar ingles en el bar, venís? La misma compañera de todos los días.
No lograba entender porque era así, porque era tan simpática con ella, no sabia que buscaba.
Eh gringa, a mí pedime un whisky doble sin hielo, le dijo esta vez, sin esperar a que su hueca compañera le pregunte que iba a tomar.
Después del cuarto whisky empezó a hablar, a formar parte de la conversación de sus compañeros. Exponiendo temas que para ella tenían importancia, pero nadie tenia una respuesta sensata, nadie dejaba de hablar en ingles, y nadie le respondía con profundidad, todas la palabras que recibía eran totalmente llanas.
Ordeno otro whisky doble, se lo tomo de un solo trago y volvió a hacer el intento de encontrar una satisfacción, una motivación por la cual pertenecer a ese grupo de jóvenes exitosos, que solo tenían intereses materiales, pero no lo consiguió.
Un compañero de trabajo la miro a los ojos y le pregunto- ¿de que te sirve leer tanto, si al final llegas al trabajo, vendes un par de títulos, ganas tu comisión y te vas contenta igual?
Bajo la cabeza, resentida, porque esas palabras no eran malas de por si, sino que le habían sido dichas con una mala intención, puso una mano sobre la mesa, respiro profundo y aun así, no se podía contener, intento poner la otra mano sobre la mesa y no lo logro, porque se topo con un vaso de chopp.
En ese momento no sabia si seguir allí, no encontraba motivación. No sabia si era mejor quedarse con sus compañeros de trabajo a hablar de cosas sin sentido o irse al mismo bar al que recurría todos los días después del trabajo.
Ya no escuchaba a nadie, y las figuras de sus compañeros se veian borrosas, otra vez estaba en su mundo de cuestionamientos, solo que esta vez, al volver a la realidad, se encontró con burlas y risas dirigidas a ella. Agarro el vaso de chopp por la manija, le imprimió toda su fuerza y no lograba contenerse. Se tomo todo el contenido del vaso y aun así el fuego de la furia no se apagaba dentro de su ser. En ese momento llego el detonador, su compañero, sin saber de su estado iracundo, hizo una acotación indebida.
Anda Evita, si tanto te gusta la educación metete en la política.
Todo reventó, las paredes se veían rojas, las siluetas flameaban. Y sin control de sus acciones, se subió a la mesa y golpeo a su compañero con el vaso.
En ese momento, comprendió porque siempre terminaba sola en el bar de siempre. No necesitaba compañía, tampoco necesitaba ser cuestionada, necesitaba estar bien con sigo misma. Así que levanto sus cosas y se fue al bar de siempre, a esperar a que el día la atrape y que el alcohol la llene de dudas, porque así era su vida, eso era en lo que ella la había convertido. Y así, otra vez con la mesa marcada en la frente y el flequillo remolinado, volvió a su casa, con muchas dudas, pero con una seguridad, su soledad no se debía a los otros, su soledad era su seguridad de que no necesitaba a nadie.
Continuara maybe.....

De Ganadores y Perros Viejos

Entro al bar como todos los viernes, se sento en la mesa que estaba contra la pared, justo al frente de la ventana.
Pidio un café y dos tostadas, como siempre, y empezo a mirar alrededor, miro hacia el techo y se detuvo un rato, con la mirada fija en una mancha de humedad. Luego siguio estudiando el lugar.
Iba tan seguido a ese bar que se le habia hecho cotidiano, ya no recordaba porque le gustaba tanto ese bar, sino que iba por costumbre.
Derrepente, casi sin querer, el mozo lo interrumpio, con una mirada culpable le dijo: - aca esta el cafecito y las tostadas don Nestor.
El hombre hizo un movimiento rapido, pero corto con la cabeza hacia la derecha, como para volver en si; miro la mesa con todo servido, y por ultimo, miro al mozo, que seguia teniendo esa mirada brillante de culpa.
Gracias mijo, dijo el viejo.
Miro la taza de café, y entrecerro los ojos, luego la levanto para oler el café, costumbre que tambien habia perdido con el tiempo.
Comenzo a tomar café, de a tragos cortos, saboreandolo y mordiendose el labio inferior despues de cada sorbo. Parecia disfrutar ese café como si fuera el ultimo de su vida.
De repente, los mozos notaron que la mirada del viejo se desconecto, quedo fija en la ventana, donde se notaba claramente el reflejo del viejo.
Se notaba por su forma de hablar, y de caminar, que no era un viejo cualquiera. Que no tenia una historia diferente. Y al parecer, en ese momento, esa historia corria como una pelicula ante sus ojos.
Este viejo simpatico que todos veian, en su epoca de juventud tuvo todas las posibilidades para armar una vida equilibrada, no conocio nunca a una mujer que se le negara, tuvo todas las que quizo en el momento que quizo.
El dinero tampoco le falto, debido a que venia de una familia dueña de campos y fabricas.
Podria haber estudiado y ser el mejor en el campo laboral que hubiera elejido. Pero nada de esto paso, debido a su arrogante juventud.
El unico problema que tenia era la toma de decisiones, a nadie en su familia le importaba si su hijo estudiaba, siempre y cuando luzca bien, a nadie le importaba si su hijo era feliz, siempre y cuando presumiera ente sus amigos con su auto convertible. Una familia totalmente superficial, en la cual no importaba el ser, sino el tener. Y este viejo, de joven tuvo todo lo que queria, y todo lo queria era tener objetos para mostrar y ser mejor que otros.
¿Qué valores puede tener un ser criado bajo esos conceptos? Se preguntaba el viejo, con los ojos llorozos que no se quitaban del reflejo de la ventana, en el cual veia a un ser vacio y solitario, repitiendo una rutina que a habia perdido el sentido.
No tenia un concepto formado sobre el amor, siempre rodeado de mujeres interesadas por su doble apellido, a esta altura de su vida se dio cuenta que nisiquiera lo conocian ,lo unico hacian, era pasearlo por la mas alta pasarela de la sociedad, y para el, esa era su vida.
Su mirada paso de ser una desconeccion a una afliccion, los musculos relajados de la cara del viejo hablaban por si mismos, las cejas levantadas y los parpados a medio abrir, daban a entender que este pobre hombre queria nacer de nuevo para aprender a vivir, porque ciertamente, hasta ahora no sabia lo que era vivir.
El vapor del café, todavia caliente se paseaba por su cara, aprovechando la inmovilidad de esta.
Sin sacar la vista del reflejo, Nestor, empezo a urgar los bolsillos internos de su saco, con desgano, como si la mano tuviera voluntad propia. Hasta que saco del interion de su ropaje un atado de cigarrillos Benson. Saco un cigarrillo y lo prendio
A esta altura, los mozos estaban impresionados por la inexpresion del cliente
El humo del cigarrillo se suspendia en frente de la cara del viejo, pero este seguia inmovil.
Se vio de repente, en el vidrio, joven de nuevo, abrio los ojos y movio la cabeza hacia atrás.
En ese momento, parpadeo, despues de casi tres minutos sin hacerlo.
Despues de cerrar los ojos y abrirlos nuevamente, todo volvio a la normalidad, seguia siendo un viejo con una vida malgastada, solo, sin mas amigos que un perro, al cual los años habian golpeado al igual que a su dueño. Un amigo cuya compañía no tenia mas motivacion que ser alimentado.
En el momento que todo esto se le cruzo por la cabeza, bajo la mirada, todavia triste, levanto la mano derecha, agarrando sin interes la taza de café y bebio lo que quedaba.
Antes de retirarse, dio un ultimo vistazo al vidrio y se levanto moviendo la cabeza de lado a lado. Metio la mano en el bolsillo derecho y saco un billete de dos pesos, luego, introdujo la mano en el bolsillo izquierdo y saco un puñado de monedas y se retiro, con una vision mas clara de su vida. Se dio cuenta de que los hombres no son ganadores por sus poseciones, sino por sus decisiones, llamo a su perro y se fue, dejando las tostadas en el bar.

Con la frente en alto

Solo, no hacia falta más descripción.
Se despertó, corrió las sabanas, se miro desde los pies hasta el pecho y se levanto. Se rasco la cabeza y levantando la vista muy lentamente se miro al espejo. Todo estaba en orden, todo seguía igual, nada había cambiado, y el no había hecho nada para que algo cambie, por lo tanto no se sorprendió.
Arrastrando los pies llego a la cocina, rascándose el pupo con desgano, se sentó en una de las sillas que le habían regalado sus padres cuando dejo el hogar de crianza; y se quedo inmovilizado mirando fijo hacia el microondas.
El tiempo no pasaba, era uno de esos domingos que nunca se acaban.
Sacudió la cabeza en un recorrido corto pero veloz, miro hacia microondas nuevamente y se levanto, agarro una taza del escurridero casi sin querer se preparo un café.
Estando otra vez en la silla, con la taza de café en la mano, comenzó a mirar los electrodomésticos, como si estos lo estuvieran mirando a el. En ese momento decidió salir, el encierro evidentemente le estaba haciendo daño.
Se puso unos pantalones cortos y se fue, sin saber a donde iba ni cuando iba a volver.
Empezó a caminar por el barrio y noto que todas las viejas que estaban barriendo la vereda lo saludaban al pasar, pero unos pasos mas adelante murmuraban algo, todas y cada una de ellas lo hacia; no dejo que esto lo distrajera, siguió caminando para ese lugar que no sabia donde quedaba.
Mirando para abajo, pateando una botella de coca cola aplastada por los autos y raspada por el pavimento, llego a una plaza, y de repente, como atrapado por el transito de los atletas, empezó a correr, sin levantar la vista.
No sabia si era para entretenerse o para seguir corriendo, que comenzó a contar los pasos de quien estaba delante de él, en la misma actividad, corriendo.
Sin previo aviso, los pies de adelante se frenan, con tal rapidez que no le dan tiempo a él de cortar su marcha. Parecía a propósito, que como venia mirando para abajo, le pego a la propietaria de las zapatillas con el medio de la frente en la nariz.
Si uno hubiera estado a dos metros del lugar, hubiera podido escuchar el crujir del tabique, que precedía el chorro de sangre que luego expulso la pobre mujer.
Él, sorprendido por la situación, solo se quedo parado, inmóvil por varios segundos, hasta que la chica, pegándole una cachetada lo insultó.
Ella, perdiendo sangre, no entendía porque este idiota la perseguía, por lo tanto se frena y el mismísimo idiota que la venia persiguiendo, le rompe la nariz de un cabezazo.
- Esteeeeee, disculpa, no te vi. Bueno, en realidad te venia viendo, pero te frenaste de golpe y no tuve tiempo de reaccionar. Dijo él con ojos de niño que rompió un vidrio.
- La gran concha de tu madre, como que no me viste? Deja de hablar pelotudeces y llama una ambulancia pajero!!. Dijo ella con la cara que la expresión merece.
Una vez que la ambulancia llego, ambos se subieron, ninguno de los dos sabia que hacia el arriba de la ambulancia, pero ahí estaban.
El medico le dio un par de indicaciones, le receto pastillas para la inflamación, para el dolor y para dormir.
Ella le pregunto al medico si había algo mas que no debía hacer, y achicando los ojos lo miro a él, el causante de todos sus males.
El, como para compensar, mirándola fijamente, le pregunto al doctor si ella podía salir a tomarse un café con un desconocido.
Fue justo en el momento que parpadeo, cuando los ojos estaban totalmente cerrados, que ella contesto a la invitación con una cachetada.
-¡Te das cuanta que sos un pajero!, No te alcanzo con arruinarme la tarde, ahora me queres arruinar la noche. ¡Rajá ya de acá, pescado!
Mas explicito no podía ser, una cachetada y un grito son dos cosas que dan a entender lo que es ser desechado.
Miro para abajo, y haciendo fuerza con la mandíbula pensó en pegarle, pero no lo hizo.
Bajo primero la pierna derecha de la ambulancia, levanto un poco la vista, detuvo la cabeza y girando horizontalmente la vista, la miro a los ojos. Bajo la otra pierna y se fue.
Cinco cuadras después, cansado de tanto correr, empezó a caminar y a pensar en lo que había pasado, y se hecho a reír mientras caminaba.
Faltaban tres cuadras para llegar a su casa, y todavía riendo, paso por el frente de dos viejas, que sentadas en reposeras sobre la vereda, empezaron a murmurar entre ellas.
Después de haber recibido dos cachetadas y una gran humillación, lo que menos le quedaba era paciencia; no se detuvo, no las insulto ni se acerco a escuchar, simplemente siguió caminando hasta estar a pocos metros, y fue ahí cuando les escupió un montón de saliva que venia juntando, por las dudas algo parecido sucediera. Una vez escupidas las viejas, empezó a gritar: “no me voy a tragar nada mas, pero no se como decirlo”.
Llego a su casa y se tomo el café que había dejado sobre la mesa, se saco el pantalón corto en la cocina, y se fue a dormir. Hacia minutos que se había tomado el café, por lo tanto no podía dormir. Se fue al baño, se miro en el espejo del botiquín y moviendo la cabeza de un lado al otro, esbozo una sonrisa. Abrió la puertita del medio, donde se veía reflejado, y saco unas pastillas sedantes que le había dado su tía abuela.
Como nunca había tomado ninguna clase de psicofármaco, no sabia cual era la dosis adecuada. Se lavo los dientes y se peino, como para levantarse listo para ir al trabajo al día siguiente; y extendió los dedos de la mano, como pidiendo algo. Con la otra mano, inclino el tarro de pastillas hasta que estas no le dejaron ver las articulaciones de los dedos.
Volvió a dejar el tarro donde estaba y cerró la puertita del botiquín.
Abriendo los ojos y mirándose nuevamente al espejo, se introdujo todas las pastillas en la boca.
Después de reiterados vasos de agua se acostó y se tapo, esperando con ansias el efecto de las pastillas.
Acalorado, transpirado y babeado, se levanto a tomar un vaso de agua, otra vez en calzoncillos. Pero decidió cambiar la rutina, esta mañana prendió la radio mientras iba camino a la cocina.
“veintisiete grados en esta tarde de domingo” anuncio el aparato. Este comentario lo llevo a pensar que no había dormido casi nada. Pero no era así, había dormido una semana entera.
Al llegar a la cocina en busca del tan esperado vaso de agua, vio los pantalones cortos y empezó a pensar que si se había acostado a las 7 de la tarde, no podía ser que halla dormido hasta las 5 del mismo día, en ese momento se dio cuenta de lo que había pasado, y sin sentirse afectado, se puso los pantalones cortos nuevamente y otra vez salió a deambular por el barrio.
Mientras iba corriendo, decidió que lo mejor no era quedarse en el parque, por las dudas apareciera la chica de la nariz rota. Entonces cruzo el parque corriendo y siguió un par de cuadras mas.
Como correr no era una de sus actividades habituales, se canso rápido y decidió volver.
En un momento, se dio cuenta que nuca veía nada de lo que pasaba porque siempre corría mirando para abajo. Así que empezó a correr con la frente en alto, mirando para todos lados.
Le llamo la atención un árbol en particular, porque tenia la corteza de diferentes colores hasta cierta altura, solo por eso se dirigió hacia el mismo.
Unos metros antes de llegar, se dio cuenta de que el árbol estaba pintado, por lo tanto no había magia en la corteza. Aun así, seguía corriendo al lado del mismo.
Un par de metros antes, dejo de mirar el árbol y concentro su mirada en otro árbol que estaba a unos cincuenta metros, cuando se le cerraron los ojos y sintió que la cabeza le rebotaba contra algo. Ese algo era el piso, pero todavía no entendía porque estaba acostado en el piso. Cuando logro abrir los ojos, se encontró con la figura de la chica a la que le había roto la nariz. Y ella, todavía sostenía la madera con la que le había pegado mientras le decía: “Ahora estamos a mano, después de la ambulancia vamos a tomar un café “
Llego la ambulancia y le dijeron que tenia rota la nariz, como su acompañante; después de un par de indicaciones lo dejaron ir. Y se fue con la chica del cabezazo, los dos corriendo y los dos con la nariz rota.
Al día siguiente, no se levanto solo, pero fue porque había hecho algo para cambiarlo.
Y después de muchas horas de mirar el microondas juntos, se dieron cuenta de que eran tan iguales que se aburrían, así que vendieron el microondas y se compraron un tele.
FIN